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martes, 26 de enero de 2016

"Crónica de una represión anunciada" Por María Herrera



"Crónica de una represión anunciada" 
Por María Herrera

Con gran indignación hemos asistido esta semana a otro penoso y lamentable episodio de abuso y agresión de este gobierno, esta vez perpetrado por efectivos de la FAN en la cárcel de Ramo Verde, hacia Lilian Tintori y la madre de Leopoldo López, la señora Antonieta Mendoza, quienes se encontraban haciendo una visita al líder opositor. Los desagradables hechos, ocurridos el domingo 17 de enero, no están aislados. El pasado 15 de enero, funcionarios del Sebin, vestidos de paisano, pero debidamente identificados con sus credenciales y armados, irrumpían en el domicilio del ciudadano Pablo Jiménez Guaricuco, conocido articulista del portal pro-chavista “Aporrea”. Jiménez admitió que imaginaba que el motivo de la requisa nocturna del Sebin en su casa se debía al tono crítico de su última publicación en dicho portal titulada: “En Venezuela parece que no hay presidente ni en tv”. Ese mismo día el autor publicó otro artículo titulado: “Por escribir en Aporrea te pueden aporrear”.  Por si esto fuera poco, el pasado martes 19, se filtró en las redes un audio que presuntamente pertenece al viceministro de política interior, Jahid Muñoz, donde afirmaba frente a un grupo de personas: “Nosotros vamos a la calle a revertir ese resultado electoral y a convertirlo en una victoria política (..) Vamos a defender al pueblo, vamos a pelear con los malandros que ponen al pueblo a hacer cola, vamos a lograr, en algún momento, meter preso al malandro de Lorenzo Mendoza. Todos estos hechos, que se producen después del rotundo fracaso electoral sufrido por Maduro y el chavismo en últimas elecciones, no deberían sorprendernos y digo que no debería sorprendernos porque si hay algo que ha caracterizado al régimen chavista desde sus inicios, es el hecho de que siempre ha cumplido sus amenazas.

Desde que Chávez asumió el poder en 1998 su gobierno siempre se caracterizó por el mismo modus operandi: el líder anunciaba las cosas que iba a hacer a voz en cuello y tono amenazante y después las cumplía una a una, ya se tratara de meros caprichos o de grandes arbitrariedades y todo sucedía cuando uno menos se lo esperaba. Al igual que aquella historia de la rana que se cocina a fuego lento y sin darse cuenta, la gente, por su parte, también reaccionaba siempre de la misma manera.  Los venezolanos nunca daban crédito a los discursos altisonantes del difunto y pensaban: no, que va, eso aquí en Venezuela nunca va a pasar. De ese modo, todo iba ocurriendo lentamente y la gente se iba “acostumbrando”. Desde la aniquilación de la oposición, el secuestro del congreso, el TSJ, el CNE y todas las demás instituciones; pasando por la destrucción de Pdvsa, sin mencionar el cierre de Radio Caracas y otros medios impresos; las múltiples expropiaciones, además de todos los exiliados y los “políticos presos”, como él los llamaba, a lo largo de todos esos años fuimos viendo como Chávez siempre conseguía llevar a cabo todo aquello que se proponía y que previamente nos había anunciado. Otro rasgo característico del galáctico era su capacidad para sacar provecho de las crisis con el fin de afianzar sus objetivos. Objetivos que no eran otros que atornillarse en el poder y profundizar, para hacer cada vez más irreversible, su tan cacareado proceso. De esta forma, no solo iba apuntándose diariamente a su favor los medios necesarios para lograr sus objetivos, sino que con cada reacción en contra aprovechaba para justificar la neutralización de sus enemigos y radicalizar aún más sus acciones.

Acostumbrados como estábamos durante décadas a escuchar a los políticos hablar y hablar sin hacer nada, Chávez nos tomó a todos por sorpresa. El era un animal distinto y siempre lo fue. Y la verdad sea dicha, todo se le puede criticar, excepto el hecho de que sí era capaz de pasar de las palabras a la acción y eso parece que todavía nos deja perplejos.

El heredero, al que no le asisten ni el carisma ni la sesera de su predecesor, tampoco le faltan su audacia, ni su vocación mediática y dictatorial, por no mencionar su capacidad destructiva, renglón en el cual, -todo hay que decirlo- no solo ha superado en forma exponencial a su mentor, sino que ha alcanzado unos límites que podríamos caracterizar de “Ripley-escos”. El perfil, más precario pero decididamente más ideologizado de Maduro, se complementa con el rasgo heredado del difunto de avisar lo que va a hacer y acto seguido pasar a la acción, sumado a la habilidad, -o la creencia- de que debe usar todos los escollos y los problemas que encuentra en el camino para radicalizarse más.

En su discurso de Memoria y Cuenta ante el recién inaugurado parlamento de mayoría opositora, Maduro repetía una y otra vez el trillado concepto de la guerra económica. Y nosotros, hartos de escuchar la misma cantaleta, desestimamos una vez más las palabras del señor heredero y otra vez olvidamos el detalle de que tanto su antecesor como él no han descansado nunca hasta volver hechos todo aquello que sale por sus bocas.  Pero por si esto fuera poco, olvidamos el añadido de que a la hora de enfrentar problemas y obstáculos su prioridad es siempre utilizar la coyuntura para volverse más radicales. De tal manera que, con su disco rayado de la “guerra económica”, Maduro nos lanza aquel strike: su Decreto de Emergencia Económica. El cual, ¡oh sorpresa!, no es otra cosa que una nueva vía de radicalización socialista que busca valerse de la crisis para desproveernos –más si cabe- de nuestros derechos y libertades económicas, estatizar más la economía, debilitar más la empresa y la propiedad privada y continuar dilapidando y otra vez sin control alguno, el tesoro público.  

No menos importante, y disfrazado entre frases repetitivas y un somnoliento discurso de pretensiones conciliatorias, Maduro dejó caer de pronto ante los diputados de la oposición, la siguiente perla: “No se confíen, que a ustedes les gusta confiarse y después viene el 13 de abril.” Esta frase pasó desapercibida, pero no era la primera vez que Maduro hablaba de Abril tras su derrota en las parlamentarias. El 9 de diciembre declaró públicamente que “tras el triunfo de la derecha en la parlamentaria -había- dos caminos posibles: o deriva en una contrarrevolución fascista o deriva en una revolución renovada, popular, rumbo al socialismo”. Maduro afirmó entonces lo siguiente: “Los tiempos exigen de nosotros ubicar estratégicamente al enemigo principal y sus aliados engatusados en distintos cargos. Pero no perdamos de vista, ni por un segundo, que la batalla principal es contra la derecha fascista y contrarrevolucionaria. Esas propuestas, deberán estar inspiradas en el espíritu del 4 de febrero de 1992, que reavivó la esperanza de los venezolanos; así como en la gesta heroica del pueblo afianzó el camino de la Revolución Bolivariana, el 13 de abril de 2002”.

En medio aquel alboroto, distraídos por la inmediatez del tema económico y por el brillante discurso de réplica a cargo de nuestro nuevo presidente de la Asamblea Nacional, perdimos de vista que Maduro, mucho antes de su discurso de Memoria y cuenta ente la Asamblea, ya nos había lanzado su primer strike: la contrarrevolución. Y esto es precisamente a lo que me quiero referir aquí.

Maduro ha dicho y sostiene que la nueva mayoría en el congreso, -que en realidad es el producto de una votación popular-, es un triunfo de la contrarrevolución y que eso es temporal. En su lenguaje, Maduro sustituye la palabra oposición por contrarrevolución, lo cual equivale a decir que todos los venezolanos que no apoyamos al partido de gobierno y que votamos por la opción de la MUD somos contrarrevolucionarios. El término contrarrevolucionario, data de finales del siglo XVIII en el marco de la Revolución Francesa y define a todo aquel que no apoye la revolución, en este caso anti-monárquica. En el contexto estrictamente socialista, el término fue usado durante la Revolución Bolchevique en Rusia, liderada por Waldimir Illich Lenin. Lenin fue un hombre que en su tiempo tuvo acceso a la educación y que desde muy pequeño, tras ver como ahorcaban a su hermano mayor por subversivo, se preparaba con todos sus medios para organizar una revolución contra el régimen imperial ruso. Una vez depuesto el Zar y tras él el gobierno que le sustituyó, Lenin, a la cabeza de los Bolcheviques, asumió el poder en Rusia y se instaló en el Kremlin. Desde allí, de forma soterrada dictó la orden de asesinar a toda la familia imperial. En medio de una sangrienta guerra civil entre el ejército rojo de los bolcheviques y el ejército banco de los zaristas, Lenin escribió de su puño y letra el decreto conocido como “Terror Rojo”, que literalmente consistía en sembrar el terror y eliminar a todos aquellos que no fueran revolucionarios, es decir: los contrarrevolucionarios. Este decreto se basa en el principio de que el fin justifica los medios. Las dimensiones de la purga y las innombrables atrocidades que se cometieron bajo el terror rojo son historia y no son objeto de este escrito. No obstante, con ello pretendo poner en perspectiva el alcance del término en cuestión, el cual, huelga decir, no puede usarse a la ligera y Maduro no lo hace.

Nosotros, sin embargo desestimamos una vez más a Maduro y su discurso desfasado. Todavía y después de 17 años de dominación, no entendemos el mensaje. No nos ha bastado Brito, ni la jueza Afiumi, ni los estudiantes muertos, ni la Tumba, ni los líderes opositores y los estudiantiles perseguidos y requisados por el Sebin, ni los diputados golpeados, vejados e inhabilitados, ni los estudiantes presos, ni Leopoldo López, ni Ledezma, ni los casi 80 presos políticos que hoy tenemos, para entender, no solamente el carácter eminentemente represor de este régimen, sino el hecho de que siempre ha utilizado y utilizará las coyunturas adversas para radicalizarse aún más y que, en este sentido, no es casualidad el lenguaje de corte leninista empleado por Maduro en su discurso en este caso. No se trata solamente aquí, que bajo argumentos absurdos Maduro pretenda, como ha dicho, rechazar la Ley de Amnistía, ni tampoco de sus ansias de aplacar la frustración que siente al tener a un congreso y al pueblo en contra, sino que ahora siente y está convencido que la nueva situación le da pie para extremar y radicalizar más su posición y para ello está dispuesto a utilizar todas las armas que le quedan a su disposición y estas son precisamente todas las fuerzas represoras del Estado, incluyendo al Sebin, las cárceles y como no, la FAN, de la cual por cierto, y no se nos olvide, todavía es Comandante en Jefe. Guerra avisada…
 
María Herrera
20/01/2016

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